Soy Celia, Celia Sánchez. Hija, nieta y bisnieta de Sánchez y Sánchez. Muchos me sugirieron llamarme Celia Sánchez al cuadrado, que no es mala opción, pero creo que en lo simple se esconde el todo, la esencia. Creo que con un solo Sánchez queda representado mi amplio árbol genealógico.
Me encanta hablar con mis padres. Me encantan esas conversaciones donde se refiere a alguien que fue abuelo, del tío que es primo hermano de tú abuelo, de apellido Sánchez, pero ese Sánchez no es el mismo que el nuestro, es otro. Es otro de otro árbol genealógico, que en algún momento se unió a una Sánchez de los nuestros y como muchos en mi bellísima familia, tuvieron descendencia Sánchez y Sánchez. Mismo apellido dos veces, pero diferentes.
Hija de dos, hermana de cinco, tía de seis, sobrina de once y prima de treinta y seis…tengo mucho que contar.
Cada tarde después de la escuela caminaba a mi casa y llegaba al mismo tiempo que mi padre de su trabajo. Se ponía la ropa para ir a las tierras y se tomaba el café colado que había hecho mi madre y muchas veces me dejó hacer a mí y nos íbamos a las cabras.
En el cercado solían haber unas 10 cabras. Habían cabras rusias, canelas, blancas con manchas y mi favorita, una cabra negra. La cabra negra comía escobas, papeles y cartones, lo que pillara cerca. Se escapaba a menudo, balaba de manera diferente y le encantaba que le acariciara la frente.
Al lado del cuarto de aperos done mi padre tenía los aperos de labranza había un escalón. También había una silla de madera que se había pintado de azul con pintura que había sobrado de una puerta de garaje o una barca.
Cada tarde me sentaba en el escalón y utilizaba la silla de mesa y hacía los deberes. Cuando terminaba iba donde mi padre estaba preparando la comida de las cabras, la ración, como el la llama. En una vieja bañera grande mezclaba paja, rollón el olor me encantaba. Mientras mezclaba con los brazos, muchas veces me contaba historias espontáneas de su infancia, de la guerra, de su trabajo, de lo que le había acontecido en el día. Otras veces yo le pedía un cuento. Se quedaba en silencio y comenzaba con: “había una vez un niño que se llamaba Juanito”. Jamás supe quién era Juanito, pero sospechaba que los cuentos se los inventaba sobre la marcha, pero tenía la capacidad de embaucarme y me quedaba en silencio escuchando, sentada en una caja vieja de tomates, de las de madera, virada del revés como banco, hasta el final. Admiro su capacidad de improvisación.
Después de terminar mis estudios de Analista de laboratorio, decidí dejar de hacer cursos para mi currículum e invertir en ocio y cultura. De esta forma llegué a un festival de cuentos, donde vi a narradores contando para adultos y esto me atrapó. Fue tal el impacto que cada historia en mí, que cuando se cerró el teatro me quedé sentada en el coche intentando ordenar impresiones, sensaciones, emociones, sabores, colores y formas.
Fue en ese momento que me interesé por la narración oral y entendí que yo ya traía la escucha activa de casa y que soy hija de contadores de historias. Muchas duras de hambre, pobreza y guerra, otras bellas de tradición, costumbre y arraigo.
"En su larga melena guardaba el mar. En su larga melena guardaba hardrock. En su larga melena guardaba poesía. El su larga melena guardaba de todo, lo mejor. Lo que ella quería."
Celia Sánchez